Mujeres que cultivan café en Puebla


Las mujeres siempre han sido fundamentales en el recorrido que sigue el café desde el grano hasta la taza. Para las mujeres de Totonacapan en la Sierra Norte de Puebla, México, el café es un vehículo para mantener a sus familias unidas, proporcionar un sustento digno, educación y un futuro mejor a sus hijos, así como para perpetuar su patrimonio del cultivo de café. En el Día Internacional de la Mujer 2020, aprovechamos la oportunidad para conmemorar algunas de las historias de mujeres totonacas en Puebla que están detrás de nuestro café para reconocer su pasión y espíritu inspirador.

La Cooperativa de Café de Totonacapan nació hace año y medio, y está conformada por 29 mujeres. Todas ellas se conocen y participan en cada paso del proceso de producción de café, desde la siembra, el mantenimiento de la plantación y la cosecha hasta la molienda húmeda. Su trabajo es un poderoso manifiesto de su compromiso con el bienestar de sus familias y con el legado del café.

La Cooperativa busca ayudar a las mujeres para que sean administradoras de su propia parcela y para que cultiven con las mejores prácticas. Para ello, esta comunidad en Puebla se ha unido al programa “Prácticas C.A.F.E.” de Starbucks, que brinda capacitación en prácticas agrícolas y orientación sobre administración básica de sus cultivos para que las mujeres puedan participar en igualdad de condiciones en las decisiones críticas del cultivo del café tanto dentro de su familia como en las comunidades circundantes. Estas son sus historias.

Las mujeres del café

ROBERTO BELTRAN

Olimpia Gabana Ponce, de 43 años, habla totonaca y español, al igual que sus dos hijos. Cuando su esposo emigró al extranjero, ella asumió la manutención de su familia. Desde entonces, para lograrlo, Olimpia se levanta todos los días a las 4:00 de la mañana. “Me voy al molino a esa hora para preparar mis tacos del día, hago mi quehacer de la mañana y me voy al rancho a cuidar mi café. Regreso a casa en la tarde y sigo con el quehacer”, cuenta.

Olimpia, al igual que todas las mujeres de la cooperativa, viste una blusa con un bordado hecho a mano y una falda sostenida con una faja. “Tengo que cortar mi café, llevarlo a casa en costales y despulparlo, al otro día, si ya fermentó, lo lavo y lo seco”, dice Olimpia mientras recolecta el café que corta en su bolsa de paja tejida.

El terreno de Olimpia fue una herencia de su mamá. “Aquí se acostumbra que la herencia de la mamá se les deja a las hijas”, explica. Al ingresar a la Cooperativa y al participar en las capacitaciones, se dio cuenta de que podía hacer rentable su parcela. “Me di cuenta de que sí iba a poder, que iba a lograr levantar mi terreno. Me regalaron plantas de variedad Marsellesa, entonces empecé a tumbar los árboles viejos afectados por la roya — un hongo que afecta a las plantas de café provocando la caída prematura de las hojas infectadas y puede reducir su rendimiento hasta 50 % —  y empecé a renovar, sembrar las plantas nuevas y ahorita mi parcela está muy bonita”.

Olimpia siente un gran orgullo al decir que sus hijos estudian una carrera gracias a su esfuerzo. El mayor, de 25 años, cursa una maestría en gastronomía en Puebla, mientras que el menor, de 19 años, estudia mecánica automotriz. “Me gustaría que enseñaran a sus hijos a cuidar el café, igual que yo les enseñé a ellos”, dice mirando las filas de árboles de café frente a ella.

Café para ser libres

Jetzabel Pérez López tiene 33 años y también forma parte de la Cooperativa de Café de Totonacapan. “En el campo, las mujeres trabajamos libremente”, dice Jetzabel. Eso es lo más importante para ella. Su parcela fue el regalo de bodas que le dio su papá. Jetzabel y su esposo cuidan del terreno que les ha permitido alimentar y dar educación a sus dos hijos, uno de 14 y otro de 9 años. Pero se enfrentaron a grandes dificultades cuando su cafetal fue afectado por la roya. “Fue muy difícil ver cómo enfermaban mis plantas. Pensé que nunca más volvería a ver mi café. Fue entonces cuando me donaron las plantas de Marsellesa y estoy esperando los primeros frutos”, dice Jetzabel. Este año, Jetzabel y su familia tendrán una nueva cosecha.

ROBERTO BELTRAN

Dolores Cano Domingo también ha padecido los estragos de la roya. Ella siente un cariño muy especial por su parcela, ya que fue herencia de sus papás, quienes también se dedicaban al café y le enseñaron a cuidarlo. Hoy, las 1500 plantas de Dolores han sido renovadas.

“El lugar en el que vivimos es muy bonito, natural. La naturaleza nos da todo; no en todos los lugares hay tanta belleza. Espero que a mi hija le guste el café tanto como a mí, para que nunca se pierda la tradición de sembrarlo y cuidarlo en la familia”, expresa. Dolores le ha enseñado todo lo que sabe a su hija y desea que estudie algo relacionado con el campo.

Mujeres caficultoras que inspiran al mundo del café

Natalia Simón Ponce vive en el municipio de Zongozotla, situado en las montañas del noreste del estado de Puebla en México. Es una orgullosa mujer de la etnia totonaca y habla únicamente esa lengua.

Actualmente, Natalia es responsable de 2.25 hectáreas que posee con su marido Gaudencio. Debido a la devastación que sufrió la plantación de café por la roya hace cuatro años, su marido se vio obligado a emigrar a la ciudad para trabajar.

Después de perder toda la producción de café, Natalia se convirtió en miembro de la Cooperativa de Café de Totonacapan y se inscribió en el programa “Prácticas C.A.F.E.” de Starbucks, el cual busca establecer estándares económicos, sociales, de calidad y ambientales que todos los productores y proveedores de café de Starbucks deben cumplir a través de un sistema de verificación de terceros.

ROBERTO BELTRAN
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Natalia quiere construir una casa para su hija adolescente. Pero también quiere recuperar la productividad de su finca para que su marido no tenga que volver a la ciudad. Gracias a los cafetos de Marsellesa donados a través del programa “100 Million Coffee Trees”, la finca ahora produce el equivalente a 23 bolsas de café por hectárea, lo que implica un gran paso para que Gaudencio pueda quedarse en casa con su familia y ayudar a plantar los cimientos de un futuro más prometedor para su hija.

ROBERTO BELTRAN

El incesante esfuerzo de las mujeres mexicanas productoras de café no solo optimiza la producción y calidad de sus cosechas, sino que también brinda una mejor vida a sus familias y une a la comunidad de una manera inspiradora. Detrás de cada taza de café cultivado en la Cooperativa de mujeres de Totonacapan, Puebla, hay una gran historia que Starbucks continuará impulsando para generar mayor bienestar y promover un mejor futuro a largo plazo tanto para las mujeres caficulturas como para sus comunidades.

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